Esta es mi historia, la historia de un niño que vivía en un mundo bañado en colores.
Mis primeros recuerdos, aquellos que suelen desvanecerse con el tiempo para la mayoría, siguen vivos en mi memoria. Recuerdo decorar una de esas viejas televisiones con pegatinas de colores. Había una en particular, una rosa con un delfín azul brillante. Cuando cambiamos la televisión, sin decirle a nadie lo importante que era para mí, la quité en secreto una noche y la guardé como un tesoro. Recuerdo las mañanas en la cama con mi madre, riendo hasta que no podíamos más. Una vez, me hizo tantas cosquillas que terminé vomitando. A veces, me escondía bajo la cama para asustarla, y la emoción que sentía cuando lo conseguía era indescriptible. Recuerdo todas y cada una de las películas que veíamos juntos, cada fin de semana elegíamos tres, y las disfrutábamos en la salita del pequeño piso donde vivíamos. Y aún puedo saborear los bocadillos de chocolate, los sándwiches de nocilla de tres pisos, las feas baldosas de la cocina que me fascinaban, y el tiempo que pasaba con ella, mi refugio.
A mi padre, en cambio, lo veía poco, y cuando lo hacía, era en las sombras. Era alto, corpulento y fuerte, mientras que yo apenas era hueso. Su voz era profunda y resonante, la mía, apenas un susurro. Recuerdo el olor penetrante que lo envolvía, un olor que ahora reconozco como alcohol. Recuerdo su mirada, esos ojos verdes y fríos, y el gesto de disgusto en su rostro. Yo no era lo que él quería que fuera, no era el hijo que deseaba tener. Yo era solo yo, con mis sentimientos, mis descubrimientos, mis sueños. Recuerdo más gritos que noches en silencio, y recuerdo los golpes en la habitación donde una vez me sentí tan seguro, cuando dormía junto a mi madre. Pensé que nunca tendría el valor para enfrentarme a él, porque estaba aterrorizado. No era más que hueso y carne, frágil, tembloroso.
La primera vez que intercedí, que reuní el coraje para ir en busca de mi madre, las cosas parecieron mejorar. “Delante del niño, no”. Esa noche, la casa volvió a estar en silencio. Pero luego me despertaron en la oscuridad. Me tapó la boca con tanta fuerza contra la cama que apenas podía respirar. Me golpeó con tanta brutalidad que pensé que no me levantaría jamás. Lloré en silencio, intentando recordar sus palabras. ¿Qué fue lo que me dijo? Ya no lo recuerdo.
Algunos días, despertaba con el peso del miedo sobre mí, sabiendo que volvería a pasar, que él se aseguraría de que no dijera nada. Recuerdo mover los muebles de la salita donde dormía cada noche, porque ya no tenía mi propio cuarto. Ahora era hermano mayor y me habían destinado a este intento de habitación. Los movía para que le fuera más difícil entrar, para que no pudiera encontrarme. Recuerdo dormir en el suelo, a veces bajo una mesa, otras veces bajo la cama. Recuerdo esa habitación con una precisión dolorosa. Recuerdo que por mucho que me escondiera, siempre lograba dar conmigo.
Iba al colegio con mi uniforme, una camisa blanca y unos pantalones grises que cubrían cada centímetro de mi piel. Llevaba calcetines verdes hasta las rodillas y zapatos negros que brillaban con cada paso. Incluso el chándal del colegio tenía mangas largas. Recuerdo cambiarme y ducharme solo durante las clases de educación física, siempre esperando a que todos los demás se hubieran ido. Se burlaban de mí por eso, y yo les decía que era por vergüenza. En parte, era cierto, pero la verdadera razón era que no podía dejar que vieran los colores en mi piel. Los verdes, los morados, los rojos, los colores que me provocaba ese monstruo de mirada verde.
Nadie nunca hizo nada por mí, y aunque tengo buena memoria, no logro recordar cuándo cesó el dolor. Solo sé que un día dejó de doler, pero aún hoy, mientras escribo esto, siento cómo las cicatrices permanecen.

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