Tengo algo que arde en mí, un fuego interior, llamaradas en un desierto de arena infinita. Arde, quema, asfixia. Es un calor tan feroz que no deja espacio para respirar, un fuego que devora todo lo que soy, sin tregua ni piedad.
A veces, este fuego se desborda y arrasa todo a su paso, quemándome desde dentro, dejando un sendero de cenizas y escombros donde antes había vida. Es un fuego tan abrasador, tan cegador, que obliga a los demás a apartar la vista. Si os atrevierais a mirar de cerca, podríais sentir cómo su fulgor se clava en la piel, cómo las cicatrices invisibles de su destrucción impregnan cada rincón de mi ser.
He intentado sofocarlo con las lágrimas que derramaba, un mar de dolor que a duras penas lograba apagar las llamas, restaurando un poco de lo que el fuego había devorado. Pero ese alivio era pasajero, insuficiente para borrar el rastro de destrucción, para sanar las heridas que se abrían una y otra vez, siempre más profundas, siempre más ardientes.
Ahora, el fuego arde con tal intensidad que convierte los granos de arena de mi ser en cristal. Un cristal bello pero imperfecto, tan frágil como el primer roce del amanecer. Esos granos de arena, que alguna vez fueron parte de lo que soy, han sido transformados para siempre. No hay vuelta atrás. Son fragmentos de mi alma que se han destruido, que han cambiado irreversiblemente. Y con cada trozo de ese desierto convertido en cristal, hay menos de mí, menos de la persona que fui, y más de un monstruo que se asoma en mi reflejo. Ardo, corto, me quiebro.
He intentado contener este fuego, enterrarlo cada vez más profundamente dentro de mí, pero el calor no cede. Quema, duele, y el dolor, lejos de fortalecerme, me consume. Ya no tengo fuerzas para resistir. Creía que con el tiempo me acostumbraría a este ardor, que el fuego se apagaría poco a poco, pero siempre encuentra nuevas grietas en las que infiltrarse, nuevas maneras de abrasarme.
He intentado guardarlo más adentro, enterrarlo hasta que solo me queme a mí, hasta que este desierto vacío se convierta en un mar de cristal frío y frágil, un océano de vidrio que oculte el ardor a los ojos de los demás. Hasta que desde fuera no podáis ver nada, hasta que no quede nada de lo que fui, hasta que mi esencia se disuelva en ese vidrio quebradizo que alguna vez fue arena viva. Hasta que no quede nada más que una cáscara hueca, sostenida por un océano frágil de lo que alguna vez fui.
Quema, duele, me asfixia. No puedo respirar, no puedo dejar de sentir.
Ardo, y en ese fuego, me pierdo.

La lucha sigue, la sensación persiste, y la pérdida continúa. Ardo, me consumo, y en ese proceso, me pierdo.